Sobre el maltrato infantil y el Hogar San José: un camino hacia la reparación

Cuando hablamos de reparación, solemos asociarlo con la idea de arreglar aquello que consideramos roto, dañado o abandonado. En este sentido, el título podría sugerir que el Hogar San José trabaja para “reparar” las realidades de las niñas que acompaña. Sin embargo, queremos tomar distancia de esta interpretación y proponer otra forma de pensarlo. Cuando hablamos de reparación, nos referimos al trabajo sobre los errores cometidos por las personas adultas, que han tenido un profundo impacto en las infancias que acompañamos. Reparar no significa intervenir sobre lo que se percibe como “roto”, sino sobre las prácticas que generaron contextos de violencia, desamparo y desconfianza.

Las niñas y adolescentes que viven en el Hogar San José se encuentran institucionalizadas a partir de la aplicación de una medida excepcional de protección, tomada como consecuencia de haber sido víctimas de maltrato infantil por parte de sus padres o adultos responsables. El maltrato infantil se define como “cualquier daño físico o psicológico no accidental contra un menor de 16 o 18 años —según el régimen de cada país, siendo en Argentina hasta los 18 años—, ocasionado por sus padres o cuidadores, que ocurre como resultado de acciones físicas, sexuales o emocionales, de acción u omisión, y que amenazan el desarrollo normal tanto físico como psicológico del niño o la niña”.

De acuerdo con la Ley N.º 26.061 de Protección Integral de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, ante situaciones de violencia se adopta una medida excepcional de protección cuando los niños, niñas o adolescentes están temporal o permanentemente privados de su medio familiar, o cuando su interés superior exige que no permanezcan en él. Estas medidas tienen como objetivo la conservación o recuperación del ejercicio de sus derechos vulnerados, y la reparación de sus consecuencias.


El tipo de maltrato que mayormente han atravesado las adolescentes del Hogar San José es el de carácter intrafamiliar, es decir, aquel que ocurre dentro de los vínculos familiares. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿por qué la familia, que debería ser un espacio de cuidado, puede transformarse en un lugar donde se despliega la violencia?

Las niñas —y en menor medida las adolescentes— son personas dependientes para muchas actividades cotidianas de supervivencia: alimentarse, higienizarse, vestirse, entre otras. A ello se suma la necesidad de contención afectiva y emocional. Es necesario reconocer que no todas las familias cuentan con las mismas posibilidades. Las prácticas de cuidado se ven profundamente condicionadas por el nivel socioeconómico y las desiguales condiciones de vida. En muchos hogares con menores recursos, hay más personas que necesitan cuidados que quienes pueden brindarlos, lo que dificulta profundamente el desarrollo de estos vínculos.

Estas condiciones de vulnerabilidad configuran el punto de partida desde el cual el Hogar San José asume la tarea de brindar nuevas formas de existencia, con alta responsabilidad y compromiso, incorporando no solo lo técnico, sino también la afectividad como parte esencial del cuidado. Es decir, poder reparar las historias de desamparo a partir de incorporar a nuestras prácticas una impronta afectiva que busque, en cada acción, además de acompañar y enseñar, devolverle la amorosidad a la tarea de cuidar.

El cuidado como trinchera a la hora de acompañar estas realidades resulta dificultoso hasta que puede configurarse como una práctica aceptada por parte de las niñas. Ante las historicidades de abandono y desamparo, la idea de recibir cuidado se vuelve un escenario de desconfianza que solo puede revertirse permitiendo el desarrollo de la individualidad, la afectividad y la confianza en los vínculos que se entablan entre las niñas y las  adultas del Hogar San José.

Pensar en la reparación es pensar en las modificaciones en las historias de vida que pueden realizarse a través del cuidado como herramienta de crecimiento y no de control. Nuestra experiencia en la temática nos ha permitido comprobar que aquellas áreas de restitución de derechos, como lo son la salud y la educación, no resultan posibles si no se trabaja sobre la reparación del vínculo adulto–niña, que permitirá la reconstrucción del resto de las áreas de la vida. El cuidado aparece como una posibilidad solo cuando la confianza es devuelta como esperanza: Cuidar para transformar. Cuidar para confiar. Cuidar para reparar.

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